El cerebro maternal

Cambios en el cerebro de la madre al final del embarazo

 

La teoría del apego, inicialmente propuesta por el psiquiatra infantil británico John Bowlby hace más de cuarenta años, se ha convertido en el modelo teórico más aceptado del desarrollo emocional y social de los humanos para los investigadores de una enorme variedad de disciplinas. Bowlby describió el vínculo como un instinto biológico de máxima importancia y afirmó: “Consideramos esencial para la salud mental, que el bebé y el niño pequeño experimenten una relación cálida, íntima y continuada con la madre (o sustituto materno permanente), en la que ambos hallen satisfacción y goce”. El vínculo es precisamente esa relación cálida e íntima que se establece entre el bebé y su madre y cumple la función biológica de promover la protección, la supervivencia y en última instancia la replicación.

 

Bowlby ya especuló con que probablemente el sistema de apego, un mecanismo evolutivo común a los humanos y los animales destinado a garantizar la supervivencia de la especie, se ubicaría en última instancia en algunas áreas cerebrales específicas. En la actualidad sabemos gracias a la neurobiología del apego que existe una correlación directa de la teoría del apego con el desarrollo neuronal del lactante, y con cambios en sistemas neuroendocrinos de la madre que permiten finalmente que se inicie el vínculo entre ambos y la formación del proceso de apego. Las alteraciones de este proceso generan alteraciones neuroanatómicas que predisponen a diferentes patologías mentales (Vargas-Rueda & Chaskel, 2007).

 

Se sabe que conforme avanza la gestación, el cerebro materno se va transformando para preparar el drástico cambio en la conducta que conlleva cuidar de un recién nacido. La culminación de los cambios que sufren los circuitos neuronales maternos al final de la gestación (controlados por las hormonas del embarazo) se traduce en que tras el nacimiento las madres sanas normalmente cuidan, protegen y defienden a sus criaturas y además dichos cuidados les resultan placenteros y satisfactorios, es decir, se establece una relación amorosa entre madre y bebé. No obstante conviene hacer un inciso para recordar que en la especie humana los aspectos socioculturales, psicológicos y personales (lo que se conoce como transmisión intergeneracional del apego) también pueden interferir notablemente en dicho proceso, aunque en el presente artículo nos limitaremos a revisar los aspectos más biológicos de la conducta maternal.

 

Como mencionábamos anteriormente, mientras que los cambios en el cuerpo de las embarazadas son evidentes y muy estudiados por los profesionales de la salud, los cambios cerebrales son más sutiles y sobre todo desconocidos para la mayor parte de los obstetras y matronas.

 

El periodo perinatal es un momento de gran neuroplasticidad tanto en la madre como en el bebé que puede verse muy afectado por el ambiente. Los cambios cerebrales que conlleva la maternidad son neuroquímicos, morfológicos y funcionales y están destinados a garantizar la crianza y supervivencia del recién nacido, lo cual acontece a través del establecimiento del vínculo materno filial mediante los procesos de apego. Recientemente se está comprobando como también acontecen cambios importantes en el cerebro de los varones (Atzil, Hendler, Zagoory-Sharon, Winetraub, & Feldman, 2012) cuando se convierten en padres, lo cual merecería un capítulo aparte ya que no ha sido el objeto de esta revisión.

El cerebro maternal se va modificando extraordinariamente durante la gestación y esos cambios afectan al resto de funciones corporales. Progresivamente cambian las secreciones hormonales, especialmente las neurohormonas cerebrales, y se produce un escenario hormonal particular exclusivo durante el embarazo, el parto y la lactancia. Todos estos procesos se van reflejando en la psicología materna y en el estado anímico del embarazo.

 

Cambios psíquicos durante el embarazo

 

Desde el punto de vista psíquico el embarazo se caracteriza por una creciente sensibilidad emocional y una necesidad de revisar y comprender los vínculos primarios para poder vincularse afectivamente con el recién nacido. Monique Bydlowski (psiquiatra francesa que ha pasado más de treinta años trabajando con embarazadas y puérperas en una gran maternidad parisina) ha acuñado el término: “transparencia psíquica” (Bydlowski, 2007) para describir el estado psíquico que se desarrolla gradualmente para alcanzar un grado de sensibilidad creciente durante el embarazo y especialmente al final. Según esta autora la transparencia psíquica se caracteriza por un resurgir de recuerdos del pasado, que afloran del inconsciente a la consciencia. Esta transparencia permite que la embarazada pueda pasar mucho tiempo fantaseando y recordando su propia niñez. Si la infancia fue grata este recuerdo permite imaginarse cómo será la infancia del bebé en camino. Pero, señala Bydlowski, si la infancia fue traumática, marcada por los abusos  o el abandono emocional la fuerza de esas “angustias primitivas” (que también mencionaba Winnicott) puede incluso llevar a pedir una interrupción del embarazo, o manifestarse por una angustia o una depresión importantes.

 

Así, la transparencia psíquica del embarazo equivale a, o conlleva, una reactivación de procesos psicológicos anteriores no resueltos y puede llevar a una reagudización de duelos anteriores pendientes. Los psicólogos del desarrollo también coinciden en esta afirmación de que la gestante necesita regresar de alguna manera a sus recuerdos infantiles para poder luego vincularse eficazmente con su futuro hijo. Bibring (Bibring, Dwyer, & Huntington, 1961)(Bibring et al., 1961; Bibring & Valenstein, 1976) describe el embarazo como una crisis que revuelve identificaciones y conflictos no resueltos y ofrece una oportunidad para encontrar soluciones más adaptadas mediante una nueva organización de la personalidad.

 

A partir del segundo trimestre los movimientos fetales (el sentir las patadas del bebé) actúan como un estímulo proyectivo a partir del cual las madres elaboran las fantasías derivadas de su relación con su propia madre (Zeanah, Keener, & Anders, 1986) lo que se conoce con el nombre de “representaciones maternas”. Según las investigaciones psicoanalíticas, el como la mujer se imagina a si misma, a su feto y a su madre durante el embarazo evoluciona de manera que refleja su historia relacional y los conflictos asociados. La dificultad materna para elaborar una representación organizada de función parental durante embarazo predice y pronostica situación de riesgo perinatal por la ausencia de modelo maternal con el que la mujer se pueda identificar.

 

Daniel Stern (Stern & Bruschweiler-Stern, 1988; Stern, 1997) señaló como las intervenciones psicoanalíticas madre-bebé destinadas a cambiar las representaciones maternas producen cambios en la conducta de la madre con el bebé. Como señala Klaus, el vínculo empieza a formarse en el embarazo y está afectado por una serie de factores interpersonales y ambientales como son la calidad de la relación de pareja, el apoyo social, la presencia de estresores, la dinámica intrapsíquica sobre cómo se concibe el bebe y sobre todo, la manera en que la madre fue criada por sus propios padres (Klaus & Kennell, 1982).

 

Una consecuencia de esta transparencia psíquica puede ser que el embarazo suponga un momento privilegiado en el que resolver más rápidamente conflictos psíquicos que en otros momentos de la vida. Las mujeres que han tenido infancias traumáticas o abandónicas pueden sentir una intensa angustia (que se manifieste con síntomas somáticos) al estar embarazadas; pero, precisamente por eso, la psicoterapia centrada en comprender y asumir la propia historia previa vincular puede ser especialmente eficaz. Algunos autores como Fraiberg y col. (Fraiberg, Adelson, & Shapiro, 1980) ya señalaron hace 30 años que la diferencia entre padres abusados que eran capaces de superar sus traumas y tratar bien a sus bebés y los que repetían el trauma estaba en la capacidad de recordar el dolor y no utilizar defensas como la evitación, la negación, la represión o la desconexión. Así revisar la infancia a lo largo del embarazo puede servir para incrementar la consciencia y la empatía con el futuro hijo o hija. Sostener a la futura madre será el papel no solo del padre y la familia sino también de los profesionales sanitarios. Si la embarazada tuvo una infancia muy dolorosa o una vida muy difícil es probable que durante el embarazo no pueda apenas imaginar a su bebé o que incluso viva el embarazo con intensa angustia.

 

Neurohormonas cerebrales y embarazo

Curiosamente durante el embarazo en el cerebro de la madre se crean nuevas neuronas en algunas áreas específicas como son el hipocampo o el bulbo olfatorio, que facilitarán a su vez la transición a la conducta maternal tras el parto (Kim et al., 2010). Esta neurogénesis en áreas olfativas también se ha observado en los padres en otras especies mamíferas biparentales (Levy, Gheusi, & Keller, 2011). Todos estos cambios durante el embarazo están destinados a producir en la madre un estado de gran sensibilidad tras el parto y respuesta a las demandas del recién nacido. Hacia el final del embarazo el cerebro materno está muy influido por las siguientes hormonas:

  • La prolactina que eleva sus niveles unas quince veces durante el embarazo. Prepara el alveolo mamario para la producción de leche, produce un aumento temporal del apetito para proveer nutrientes al feto y energía extra para la madre así como para su almacenamiento en forma de grasa para la lactancia.Además,la prolactina también actúa reduciendo la respuesta del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HAA) al estrés, estimulando la neurogénesis, inhibiendo la ovulación e interviniendo en el desarrollo y mantenimiento de la conducta maternal. En estudios realizados con ratas vírgenes a las cuales se les había extirpado la hipófisis (no podían producir prolactina), un régimen hormonal consistente en la administración de estradiol y progesterona a niveles similares a lo que tienen lugar cerca del parto, no era capaz de producir cambios en el comportamiento que indujeran una actitud maternal en las mismas. Sin embargo, cuando a estas mismas ratas se les administraba prolactina sintética, eran capaces de llevar a cabo conductas maternales (Mann & Bridges, 2001).
  • La progesterona y las hormonas esteroides que juegan además un papel crítico en el neurodesarrollo fetal. El embarazo está caracterizado por un incremento de los niveles de hormonas esteroides femeninas, en particular estradiol y progesterona. Las acciones clásicas de estos esteroides en el cerebro maternal durante el embarazo han sido bien establecidas, especialmente en la preparación de los circuitos neuronales que permiten la expresión de la conducta materna tras el parto (Bridges, 1984; Numan, 2007) Además, la alopregnenolona, un metabolito activo de la progesterona, actúa inhibiendo la respuesta al estrés del eje HHA (Douglas, Johnstone, Brunton, & Russell, 2000) e impidiendo la liberación de oxitocina antes del parto, a través de la potenciación del efecto inhibitorio que tienen los receptores GABA sobre las neuronas oxitocínicas (Brunton & Russell, 2010). Los cambios hormonales protegen al bebé que se está gestando del estrés que podría dañar su desarrollo. Una exposición al estrés durante el embarazo podría “programar” el cerebro del recién nacido de forma adversa, incrementando a nivel basal y como respuesta a estresores la actividad de su eje HHA. Esto tendría como consecuencia unos niveles superiores de glucocorticoides en la edad adulta y una mayor predisposición a padecer patologías afectivas, metabólicas y cardiovasculares (Brunton & Russell, 2010). La alteración en la producción de neuroesteroides desencadena el parto prematuro (Paris, Brunton, Russell, Walf, & Frye, 2011).

  • La Oxitocina (Oxt) y la vasopresina (muy similares: ambas moléculas tan sólo se diferencian en dos aminoácidos) son cruciales en la transición que supone pasar a cuidar del recién nacido, mediante la activación de cambios en expresión de genes en el cerebro maternal (Caughey et al., 2011). La oxitocina es producida en el cerebro por dos tipos de neuronas, unas que se proyectan a la hipófisis posterior y secretan oxitocina a la circulación sistémica y otras que se proyectan dentro del cerebro y que regulan algunas conductas, especialmente el comportamiento materno, además de ejercer una función homeostática.Aunque el cerebro es la mayor fuente de Oxt, también se puede producir en el útero, las gónadas, el corazón y el timo. Hay receptores de Oxt y vasopresina en todo el tronco cerebral, interviniendo en todas las conductas reproductivas, sociales y adaptativas, así como en la regulación del sistema nervioso autonómico. A diferencia de otras sustancias, la Oxt solo tiene un tipo de receptor (mientras que la vasopresina tiene tres). La Oxt activa el sistema parasimpático, disminuye la ansiedad, la obsesividad y la reactividad al estrés, y puede servir para contrarrestar el sistema defensivo asociado al estrés. Durante la gestación, la premisa es que es importante que estas neuronas se mantengan en reposo, con el fin de que puedan acumular oxitocina, sin que el parto se produzca prematuramente (Brunton & Russell, 2010). Se sabe que el número de receptores de oxitocina aumenta conforme avanza el embarazo (Insel, 1986) y que las hormonas esteroideas, incluyendo estrógenos, progestágenos, andrógenos y glucocorticoides pueden influir tanto en la densidad como en el patrón de distribución de los receptores de oxitocina y vasopresina (Young,Muns,Wang,& Insel,1997) (Liberzon & Young, 1997). La estimulación cervical durante el parto, la estimulación del pezón durante la lactancia, así como señales sociales, incluyendo señales táctiles y olfativas presentes en la interacción madre-bebé, producen una liberación de oxitocina (Uvnas-Moberg, 1998) indicando que la oxitocina juega un papel central en la integración de la respuesta fisiológica y conductual en la reproducción femenina (Russell & Leng, 1998). El estrés materno durante el período fetal puede condicionar el desarrollo emocional y conductual del niño incluso hasta el inicio de la edad adulta. Los acontecimientos vitales estresantes durante el primer trimestre del embarazo aumentan el riesgo de tener un aborto espontáneo (Nepomnaschy et al., 2006) o de alteraciones congénitas por una alteración del desarrollo de la cresta neural, como por ejemplo el labio leporino (Hansen, Lou, & Olsen, 2000). Los efectos más conocidos del estrés materno son el parto prematuro y bajo peso (Hedegaard et al., 1993; Hedegaard, Henriksen, Sabroe, & Secher, 1993; Lou et al., 1994). Más de catorce estudios prospectivos independientes han hallado una relación entre la ansiedad materna prenatal y alteraciones cognitivas, conductuales y emocionales en los hijos (Van den Bergh, Mulder, Mennes, & Glover, 2005). La ansiedad materna en la segunda mitad del embarazo puede producir cambios persistentes en el sistema de adaptación al estrés del niño (a nivel del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal), cambios que lo harán más vulnerable e incrementarán considerablemente el riesgo de que padezca trastornos de conducta, emocionales o de hiperactividad. Por ello es importante prevenir, diagnosticar y tratar precozmente los trastornos de ansiedad en el embarazo. La ansiedad en el embarazo se asocia con un mayor número de visitas al obstetra, visitas relacionadas con miedo al parto y a las contracciones (Andersson, Sundstrom-Poromaa, Wulff, Astrom, & Bixo, 2004).

 

 

Maternidad y Salud

Informe, Estudios e Investigación 2012

Ministerio de Sanidad

 

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